Ese fue el punto de partida del proyecto desarrollado por el diseñador James Barnard junto a Scott McCarthy, vicepresidente de localización de DreamWorks Animation: crear un sistema visual capaz de explicar qué tipo de uso se había hecho de la IA en una producción audiovisual.
El encargo exigía resolver varias condiciones a la vez. Los símbolos debían ser atemporales, funcionar a tamaños pequeños, comprenderse en cualquier idioma y evitar cualquier carga positiva o negativa sobre el uso de la tecnología.
El sistema comenzó para cuatro casos: subtítulos, texto escrito o hablado, voces sintéticas y reanimación de labios para adaptar el movimiento facial al diálogo doblado.
La solución no salió a la primera.
La imagen de estrella o destello, habitual en las marcas de IA, se descartó como elemento principal por estar demasiado asociado a empresas tecnológicas. El microchip tampoco funcionaba pues necesitaba demasiado detalle y perdía legibilidad al reducirlo.
Finalmente se recurrió a una referencia al lenguaje de programación. Cada pictograma aparece entre llaves, indicando visualmente que esa parte del contenido ha sido generada o modificada por una máquina.
El diseño también tuvo que ajustarse después de probarlo con profesionales del sector. El icono pensado inicialmente para texto funcionaba mejor como representación de subtítulos, por lo que se cambió. La reanimación labial fue la categoría más difícil: debía mostrar una parte del rostro sin transmitir alegría, tristeza o cualquier valoración sobre la propia IA.
Hasta aquí, podría parecer un buen ejercicio de diseño gráfico, pero el verdadero valor del proyecto está en otra parte.
Los iconos permiten convertir una explicación técnica en una información que el usuario puede reconocer en segundos y aplicar el mismo criterio en diferentes idiomas, pantallas, territorios y producciones sin redactar una explicación nueva para cada caso.
A ese sistema se le añadió una escala de intensidad para señalar cuánto peso había tenido la IA en cada uso. De este modo, la información no se limita solo a indicar su presencia sino también mostrar su alcance.
La parte más complicada empieza una vez terminado el diseño: conseguir que estudios, plataformas y profesionales adopten los mismos símbolos.
Un icono aislado informa poco a diferencia de un sistema compartido que puede convertirse en un estándar.
Para que eso ocurra, la solución debe ser fácil de aplicar, entenderse sin instrucciones y mantener el mismo significado en todos los lugares donde aparezca; necesita acuerdos dentro de la industria antes de que cada compañía termine utilizando su propio lenguaje y la transparencia dependa de que el espectador sepa interpretarlo.
Este proyecto muestra bien para qué sirve el pensamiento visual: no para decorar una cuestión compleja, sino para ordenarla, hacerla comprensible y preparar una solución que pueda escalar.
En comunicación corporativa ocurre algo parecido. Lo interesante de este proyecto no son los iconos, es el proceso que hay detrás: probar, descartar, simplificar y ajustar hasta encontrar una solución que cualquier persona pueda interpretar sin necesidad de explicaciones adicionales.
Ese es, probablemente, uno de los mayores retos de cualquier comunicación dirigida al mercado.
Si quieres ver el vídeo donde lo explica el propio James Barnard, haz click aquí.
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Juan José Ros
Socio fundador de Sigma Rocket





